fantasía, el Inca logrará hacer compatibles a vencedores y vencidos, y, entonces, podrá construir una identidad en la que se figura como hijo con plenos derechos de la princesa indígena y el capitán español. La balada tiene varios supuestos históricos que están errados. Para comenzar, la idea de que una india se «enamore» de un español es un anacronismo. González Prada está proyectando el modelo de amor apasionado propio del romanticismo del siglo XVIII sobre la realidad peruana del siglo XVI. Además, eran los nobles indígenas los que ofrecían sus hijas a los capitanes y soldados españoles. Y ello en la pretensión de construir alianzas que los colocaran en una mejor posición en el nuevo orden. De hecho, sí hubo un mestizaje y muchas familias de la nobleza inca lograron preservar sus privilegios. Pero finalmente los tesoros fueron (casi) todos saqueados, de manera que la idea de que la nobleza inca logró ocultar una parte sustancial de su riqueza es solo un mito. Entonces, en esta balada se presenta una narrativa que está alejada de la realidad por un sentimiento de culpabilidad que lleva a satanizar al español y mistificar a la india. En todo caso, el español recibirá el castigo que bien merece. Nadie quiere el mestizaje: balada «La hija del curaca» En «La hija del curaca» se plantea la posibilidad de un vínculo basado en una atracción que es mutua e irresistible. La hija del curaca y el caballero español están deslumbrados por su amor, con el trasfondo paradisíaco del valle de Yucay. La «volcánica pasión» surge de un reconocimiento mutuo que se gesta lentamente, en un intercambio incesante de miradas. Aparentemente, no hay trabas para el vínculo entre la «virgen del sol» y el «gentil» conquistador. Pareciera una «relación pura». Otra vez la posibilidad de una nación, de un mestizaje legitimo surgiría del amor entre un soldado y una princesa. Nuevamente, el desbalance de estatus social queda compensado por la diferencia racial. La india es princesa de los inferiores y el caballero es súbdito de los superiores. No obstante, este amor, y todas las potencialidades de nación que encierra, no es posible por la infranqueable decisión del padre de la india. Ese amor le resulta una vergüenza, una traición. Ambos mundos no pueden mezclarse, al menos de una manera legítima. Desgarrada entre el amor y la obediencia filial, la princesa fallece de tristeza. Y, significativamente, en el crepúsculo: cae la noche y mueren la princesa y el amor. 134
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