La riqueza de la india es su redención. La posibilidad de ganar la estima que nunca tuvo, pero que siempre anheló. El español finge un amor que no siente para que la india le muestre el lugar donde está el oro de sus antepasados. La india calcula que su entrega y desprendimiento terminarán de persuadir al conquistador de lo genuino de su afecto. Entonces, sería posible el vínculo amoroso. Pero cuando la india se entera de que ella no es un objeto de amor válido, entonces su furia no tiene límites, de manera que termina asesinando al conquistador. ¿Por qué el conquistador no se queda con el oro y con la india? Desde cierto punto de vista, sería lo más lógico. Lo principal es ciertamente el oro. Pero, ¿por qué no, también, comprometerse con una mujer que le demuestra tanta admiración? Aunque sea por «caballerosidad», si no fuera por la atracción física o la comodidad de ser servido. Pero ocurre que el conquistador no es una persona noble, que honre sus compromisos, menos aun los adquiridos con una india que no le resulta atractiva, de manera que ella es solo un instrumento y él un aprovechador inescrupuloso. Lo que se prometió como amor termina en engaño y venganza. Es como si el español no pudiera dejar de engañar a la india, que tampoco puede dejar de vengarse del agravio asesinando a su seductor. La imaginación de esta dinámica trágica es premonitoria y hasta profética. Queda claro que al engaño y la explotación le sucederá la violencia en una suerte de círculo interminable. Los indios se dejarán engañar por el semblante de superioridad del español, pero una vez que perciban que se trata de una manipulación para explotarlos no dudarán en tomar la justicia entre sus manos. La posibilidad de una sociedad mestiza legítima, basada en el vínculo amoroso entre los conquistadores pobres y los nobles indígenas, apareció temprano en la historia colonial peruana. Este era el proyecto de Gonzalo Pizarro: fundar un reino autónomo de la Corona española sobre la base de la alianza entre los curacas indígenas y los soldados españoles, alianza que se sostendría en la continuidad del Estado inca. No obstante, este proyecto fracasó, pues los conquistadores se vieron precisados de abjurar de sus princesas indígenas para contraer matrimonio con las mujeres españolas que les fueron enviadas desde la Península. Entonces, los mestizos se convirtieron en bastardos, hijos ilegítimos, repudiados. Este es el caso paradigmático del capitán Garcilaso de la Vega y la princesa Isabel Chumpi Ocllo, la progenitora del gran cronista mestizo. Solo en su 133
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