La urgencia por decir nosotros

La Divina Majestad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, sea loada por todos los siglos de los siglos, que tanta merced me ha hecho en querer que llegase a este punto. Sea para gloria y honra de su nombre divino, cuya infinita misericordia, mediante la sangre de Nuestro Señor Jesucristo y la intersección de la siempre Virgen María, su Madre, y de toda su Corte celestial, sea en mi favor y amparo, ahora y en la hora de mi muerte, amén, Jesús, cien mil veces Jesús (Garcilaso, 1959, p. 858). En este marco teleológico y providencialista, la historia siempre arriba a buen puerto. Muy distinta es la posición de González Prada. Fuera de la seguridad aportada por la fe de Garcilaso, la historia del Perú le parece llena de injusticias. La religión católica ha legitimado la barbarie de los conquistadores y de sus sucesores, y ha envilecido a los indígenas. De allí que González Prada considere necesario subvertir el dominio de la Iglesia y las órdenes religiosas. El impacto del cristianismo institucionalizado, que se condensa en la superstición y el fanatismo, es para González Prada el obstáculo central para el desarrollo del libre pensamiento, la ciencia y la democracia. La historia oficial surgió de la necesidad de crear un relato que instituya la naciente peruanidad en las escuelas de la República. En otro trabajo (Portocarrero & Oliart, 1989) he examinado la génesis y transformaciones de ese relato. Aquí baste decir que la dominación española, pese a las críticas, terminó por ser justificada en tanto significaba el aporte de una cultura superior que habría de fundirse con los elementos nativos para conformar la nacionalidad peruana. En la representación de la Colonia, el énfasis está puesto en las ideas de quietud y cercanía, de aproximación y fusión; en definitiva, de cristalización del mestizaje acriollado de donde habría surgido el Perú republicano. Esta es la visión de Ricardo Palma. La valoración de González Prada es totalmente opuesta. La Colonia es identificada como dominación, abuso y crueldad. Y esta situación sobrevive con la República. Se debe reconocer que era muy difícil imaginar una comunidad nacional efectiva en una realidad tan fragmentada y jerarquizada como la del Perú del siglo XIX. Pero tampoco era fácil reconocer el sustrato colonial y postular la nación como una tarea por cumplir. De allí que la historiografía criolla optara por la encubridora teoría del mestizaje acriollado como el camino hacia la afirmación nacional. Riva Agüero, por ejemplo, en su tesis doctoral de 1910, postula al Perú como una suerte de esencia, una patria a 131

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