La urgencia por decir nosotros

como la recrea, comparte con la tradición el mismo carácter fragmentario e igual pretensión de constituir un corpus totalizante a partir de pedazos significativos; y, también, y sobre todo, comparte con ella la importancia dada a la imaginación como modalidad de recrear la historia. En realidad, ambas, tradición y balada, pretenden sustituir a la historiografía documentada como forma de crear un relato nacional, una narrativa capaz de generar ese nosotros, ese sentimiento tan anhelado de identificación con una colectividad. No obstante, la balada, como se vio, es un género de origen popular que a fines del siglo XVIII es apropiado por los intelectuales románticos europeos en función, muchas veces, de crear imaginarios que robustezcan los sentimientos comunitarios. En efecto, aunque entre los románticos la balada tiene amplias posibilidades temáticas, mantiene del modelo original un tono de distanciamiento y objetividad, pues no se trata de expresar la experiencia particular de una persona sino de dar cuenta de emociones típicas en una colectividad. La tercera razón que hace verosímil sostener que la intención del autor era elaborar un relato fundador de la nación peruana se encuentra en el texto de una de sus baladas. Se llama «Los tres». Y aunque en la edición de Luis Alberto Sánchez aparece como la última, todo hace pensar que es la primera, pues todas las demás no hacen más que negar la realidad que allí se imagina. «Los tres» —«En los Andes», grita Manco, «Del Oriente al Occidente, Sembraré grandeza y dicha Con mi poder y mis leyes». Y cruza llanos y sierras; Y, del Ocaso al Oriente, Y, del Norte al Mediodía, Reinan paz, ventura y bienes. Exclama en Túmbez Pizarro: —«Es mi ley la ley del fuerte; A mí la plata y el oro; Tiembla, oh Perú, y obedece». Y huella tierras del Inca, Y oro busca en sed ardiente, Y, a su fiero paso deja 128

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