injusta. Está saturada de racismo. En efecto, si Palma considera que los indios deberían haber ofrendado sus vidas sin saber la razón de su sacrificio, es porque se piensa que ellos no solo son «propiedad común» de los criollos, sino que además son «brutos», como animales. Es decir, son pensados como seres que por su misma inferioridad tienen deberes sin tener derechos. Frente a este sentido criollo dominante es que tiene que aquilatarse la novedad del discurso de González Prada. Esta novedad es identificable en dos afirmaciones fundamentales. La primera es: «I, aunque sea duro i hasta cruel repetirlo aquí, no imajinéis señores, que el espíritu de servidumbre sea peculiar a solo el indio de la puna: también los mestizos de la costa recordamos tener en nuestras venas sangre de los súbditos de Felipe II mezclada con sangre de los súbditos de Huayna Cápac. Nuestra columna vertebral tiende a inclinarse» (s/f a). Y la segunda, la más decisiva, es la siguiente: «No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos i estranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico i los Andes; la nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera» (s/f a). Desde luego que estas dos afirmaciones tienen antecedentes en la obra de González Prada. No obstante, ellas representan un «acontecimiento» en la medida en que rompen con la «mala conciencia criolla»18, revelando la verdad que la imagen oficial del Perú quiere esconder. El sentimiento de culpa se instala tempranamente en el mundo colonial entre los sectores dominantes. La causa de este sentimiento está en lo que puede llamarse la «corrupción colonial del Evangelio»19. Es decir, en el hecho de que el mensaje cristiano de que todos somos hijos de Dios fuera distorsionado en función de degradar al indígena y justificar su dominación. Los indígenas fueron transformados en indios, siervos, cuando se les adjudicó una humanidad disminuida por una supuesta tendencia al paganismo y la idolatría. Para los espíritus más sensibles, la contradicción entre los ideales cristianos y la realidad de explotación inmisericorde sobre el indio era una fuente de constante desasosiego. Esta situación subsistía en la República de una manera atenuada pero aún presente. De un lado, la presión de los ideales religiosos había cedido como consecuencia del incipiente racionalismo y secularización. Pero, del otro, la institución republicana, fundada en la idea de la igualdad y la 116
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