La urgencia por decir nosotros

ciudadanía, profundizaba la brecha entre los valores y las costumbres, reproduciendo el trasfondo culposo de una sociedad que no está a la altura de los principios en los que se fundamenta. No obstante, el mundo criollo no subvirtió la dominación étnica sobre el indígena. Además, pese a su condición de absoluta minoría, se definió como el núcleo de la nación peruana, y en esta definición lo más importante era la ruptura con lo indígena. Es decir, los criollos o mestizos acriollados se imaginan a sí mismos como señores y a los indígenas como siervos. Y es acá entonces donde la culpa se articula con la inautenticidad, pues el mundo mestizo acriollado tuvo que renegar de su componente indígena para figurarse como diferente y superior. Estos sentimientos de culpabilidad e inautenticidad propios de la conciencia criolla están desde luego reprimidos, pero no por ello menos presentes a través de sus efectos. La culpa, dice Freud, se expresa como una «necesidad inconsciente de castigo». Y, de otro lado, la inautenticidad se revela en la vergüenza de la persona que esconde su fenotipo indígena, o su apellido, o sus gustos poco acordes con el mandato interiorizado. En contra de esta doble impostura es que reacciona González Prada. Él es un criollo «culposo», que sabe perfectamente las mentiras sobre las que se pretende perpetuar la servidumbre indígena. Y de otro lado, se da cuenta de que una de las raíces de la tradición criolla es precisamente la negada cultura andina. Su discurso llama, por tanto, a asumir lo negado. El Perú es un país andino y no podrá constituirse como nación si el mundo criollo no se abre a las mayorías indígenas. Y, en el mismo sentido, si ese mismo mundo criollo no reconoce su reprimida raíz indígena. De esta manera se abre la posibilidad de imaginar al Perú como una nación, posibilidad que será retomada por Valcárcel, Mariátegui y Arguedas. Tenemos entonces un acontecimiento que postula una ruptura con la mala conciencia criolla, con la culpa y la vergüenza que se convierten en pesimismo y falta de orgullo. II Pero Manuel González Prada era un criollo «auténtico», un descendiente de la aristocracia colonial. No era como Ricardo Palma un mestizo acriollado. En él hay más culpa que vergüenza, mientras que en la figura del mestizo acriollado se suele encontrar lo inverso: más vergüenza que culpa. Vergüenza por no ser todo lo criollo y lo blanco que se pretende. En todo caso, González Prada es un criollo que busca «peruanizarse»: a 117

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx