azucarado. Lima no podía producir otro tipo de literatura. Las tradiciones agotan sus posibilidades. A veces se exceden a sí mismas. El demos criollo, o mejor limeño, carecía de consistencia y originalidad. De cuando en cuando lo sacudía la clarinada retórica de algún caudillo incipiente. Mas pasado el espasmo caía de nuevo en su muelle indolencia. Toda su inquietud, toda su rebeldía, se resolvían en el chiste, la murmuración y el epigrama (Mariátegui, 1959, pp. 179-180). Por su parte, Raúl Porras anota: «Palma se revela en sus tradiciones criollo auténtico, indisciplinado, enemigo de la autoridad, irreverente en cuestiones religiosas, oposicionista por temperamento, malévolo y gracioso. Como criollo legítimo le tiene odio jurado a la autoridad, llámese esta monarca español, virrey, audiencia, corregidor o presidente […] sus simpatías son siempre por los rebeldes» (Porras, 1954, p. 12). XI En «El chiste y su relación con el inconsciente», Sigmund Freud dice que la risa se desencadena con la historia de una transgresión leve de la ley (1981). El peso mortificante de la ley queda pues aligerado por la actitud humorística. En el humor, una transgresión imaginaria de la norma nos reconcilia con la vida, nos remite a un mundo utópico, regido por los deseos. Este es precisamente el humor característico de Palma. A diferencia de la postura satírica, no busca herir ni maltratar. Se trata de reintegrarnos en un mundo libre donde la realización de nuestros anhelos no implique mayores daños para nuestros semejantes. Y junto con el humor está la ironía, la actitud irreverente de no tomarse casi nada en serio. En el mundo de Palma, los virreyes son los primeros en no cumplir las leyes. Actitud que antes que una censura moralizadora despierta en Palma un sentimiento de comprensión e indulgencia. En cualquier forma, así somos todos, de manera que nadie tendría por qué tirar la primera piedra. Cuanto el virrey Amat está al borde de irse del país, una mano del pueblo de Lima escribe en las paredes del palacio: «Ju, ju, ju se te acabó el Perú». Y en la noche el virrey responde: «Ji, ji, ji cinco millones me llevo de aquí». En realidad, las transgresiones no son tan leves, de manera que el humor criollo es grueso (Portocarrero, 2004). Finalmente, habría que subrayar lo problemático del legado de Palma. De un lado, un discurso que instituye una comunidad de gentes que comienzan a pensarse como semejantes entre sí, pero, del otro, esta semejanza remite a la viveza, al ingenio y la transgresión que marginan a una mayoría de los peruanos. Entonces, lo que en un momento fue acicate 110
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