La urgencia por decir nosotros

para la construcción de un «nosotros» se vuelve en el siguiente obstáculo para su profundización, más aún en nuestra época de hegemonía neoliberal y capitalismo globalizado. En estos tiempos la vieja tradición criolla se convierte en un suelo fértil para la proliferación del vivo sin ley, del pendejo, y de la consiguiente falta de gobernabilidad. Termino con una apreciación personal. Desde que tengo uso de razón he leído a Ricardo Palma. En los textos escolares, en antologías y luego en sus obras completas. Sus relatos me resultaban fascinantes por su insólita originalidad, su humor socarrón y su benévola ironía. En realidad, es mucho lo que Palma concede al deseo; en su universo narrativo no abundan las prohibiciones. En el transcurso de mi vida he vuelto muchas veces a las Tradiciones, y nunca me han defraudado. Nacido en Lima, criollo al fin y al cabo, pertenezco a su extensa progenie. En todo caso, la influencia de Palma encontró en mis constantes lecturas de González Prada un cierto antídoto; la posibilidad de tomar distancia de su poderoso hechizo, de su llamado a naturalizar la informalidad y la viveza como hechos “sabrosos” y naturales. A su vez, el temple épico y grandioso, el llamado al ascetismo y al sacrificio, que exhuda la obra de González Prada me entusiasmó pero sin que llegara a hacer totalmente mías estas interpelaciones pues no podía olvidar el humor y la sabiduría del viejo maestro criollo. Su profunda reconciliación con la vida. Y así me he quedado a mitad de camino entre el espíritu ligero y jugetón de Palma y el llamado heroico y torturado de González Prada. 11 «Mis tradiciones, más que mías, son de ese cronista que se llama el pueblo, auxiliándome, y no poco, los datos y noticias que en pergaminos viejos encuentro consignados. Mía es, sin duda, la tela que las viste; pero no el hecho fundamental. Yo no invento, copio. Soy un pintor que restaura y da colorido a cuadros del pasado» (carta a Carlos Toribio Robinet [Lima, 18 de enero de 1878]; citada en Gonzales, 2009, p. 188). 12 Escribe Giorgio Agamben, citando a Escalígero: «Así como la Sátira deriva de la Tragedia y el Mimo de la Comedia, la Parodia deriva de la Rapsodia. Cuando, de hecho, los juglares interrumpían su recitación, entraban en escena aquellos que, por amor al juego y para reanimar el ánimo de quienes los estaban escuchando, invertían y trastocaban todo lo que los había precedido […]. La Parodia es así una Rapsodia invertida» (2005b, p. 48). 13 «Costumbre adoptada por muchas mujeres de saya y manto… obtenida gracias al relajo… ella… observa triunfal con el ojo ofidio a su nueva víctima… que, sucumbiendo al hechizo, ha dado su aprobación a la morena vivandera que le extiende un plato sabroso de chicharrones» (Banco de Crédito, 1989, p. 25; el libro no precisa el 111

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