intento de subvertir el sentido común ya están insinuados los caminos del cambio, del encuentro con ese futuro que entusiasma. La figura del intelectual es netamente moderna, aunque en ella se conjugan modelos de ejemplaridad presentes en otras tradiciones. En efecto, el intelectual como guía y orientador es una figura laica, pues su dominio acaba en este mundo. Es decir, ofrece un camino de salvación, pero de una salvación para esta vida. No obstante, en esta figura hay un trasfondo religioso, una santidad laica: el intento de elevarse sobre el sentido común supone esfuerzos y sacrificios que son básicamente gratuitos, ya que el intelectual está al servicio de la causa que él mismo ha creado, de un compromiso asumido en libertad. Y su vida está en juego. Tratar de guiar el espíritu de una colectividad es una apuesta que no tiene garantías de éxito ni de recompensa. Otra faceta de modernidad en el intelectual es la apelación al diálogo y la razón. No son verdades de fe proclamadas por alguna autoridad lo que él defiende. Son los valores civilizatorios en principio aceptados por todos. Y su defensa es argumentativa y poética. Por ello es persuasiva. El intelectual no existe sin un público, que en un inicio es hipotético pero puede llegar a ser masivo. Es el caso, por ejemplo, de José Carlos Mariátegui y las 72 ediciones de los 7 ensayos. Y entre el público y el intelectual están los modos de comunicación: la voz, la escritura, la imagen. Pero el intelectual depende sobre todo de la escritura, pues este es el modo de comunicación que más favorece una elaboración reflexiva de aquello que se va a compartir, es decir, el diálogo con las voces que resuenan en su cabeza. Aunque tampoco puede descuidarse la imagen. Así, en este libro presentamos a siete escritores y a un pintor, Francisco (Pancho) Fierro. Ricardo Palma y Manuel González Prada son o, en todo caso, desempeñan la función intelectual, pues pretenden proveer a sus contemporáneos y sucesores de un mapa de la situación y un camino para mejorarla o salir de ella. Hablamos de la propuesta de un nacionalismo criollo, de un proyecto de colectividad centrado en el olvido de la fragmentación étnica en el común empeño de imitar lo europeo y rechazar lo indígena. Y también de la temprana recusación de esta perspectiva. Ambos, Palma y González Prada, fueron, sin embargo, figuras relativamente aisladas, únicas. Para que surja una generación de intelectuales, hubo que esperar hasta los inicios del siglo XX, a la generación del Novecientos, que inaugura el quehacer intelectual menos 10
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