La urgencia por decir nosotros

del onomástico del cura de Tungasuca, Carlos Rodríguez. El «opíparo» almuerzo se desarrolla en un ambiente de alegría de buena ley. Entre otros principales estaban presentes José Gabriel Túpac Amaru y doña Micaela Bastidas. De pronto se oye el sonido de un caballo y se hace presente Antonio de Arriaga, corregidor de la provincia de Tinta. Un hidalgo español «engreído, cruel, grosero y avaro». No obstante, en un acto de deferencia, los presentes se paran para darle la bienvenida. Arriaga, sin reparar en Túpac Amaru, se «dejó caer sobre la silla que este ocupaba». Y la dinámica de la reunión cambia, pues Arriaga se prodiga en insultos y amenazas contra el cura, a quien achaca la responsabilidad de haber sido excomulgado por el arzobispo del Cusco. Los comensales se retiran discretamente. Más tarde, cuando Arriaga ya está en camino a su residencia, es atajado por cinco hombres conducidos por Túpac Amaru. Y días después es ahorcado. Empezaba la gran rebelión. Palma escribe: «No es del caso historiar aquí esta tremenda revolución que, como es sabido, puso en grave peligro al gobierno colonial. Poquísimo faltó para que entonces hubiese quedado realizada la obra de la Independencia». Nótese que la enunciación es ambigua, pues de un lado no se siente en la necesidad de «historiar (la) tremenda revolución», pero del otro afirma que casi se realizó la «obra de la Independencia». Si no se siente obligado a entrar en detalles es porque el suceso le resulta extraño, perteneciente a otra historia; pero tampoco es que pueda dejar de reconocer que de ese mundo había surgido un poderoso impulso emancipador. Un impulso que no aparece en el universo narrativo de las Tradiciones. O, en todo caso, asoma en forma anecdótica en el orgullo de Túpac Amaru y su venganza contra el despótico Arriaga. Finalmente es muy sintomático que Palma haga suyas las lúcidas palabras del deán Funes sobre la gran rebelión: «Así terminó esta revolución, y difícilmente presentará la historia otra ni más justificada ni menos feliz» (Palma, 1952, p. 670). Es evidente que Palma sabe muy bien que el mundo criollo fue cómplice de la explotación del indio. Pero guiado por los prejuicios de su tiempo piensa que los indios son una «raza abyecta», muy difícil de redimir. La Conquista los pasmó. Por allí la conciencia criolla tenía un flanco abierto: una irresuelta yuxtaposición de desprecio y culpabilidad hacia el indio. X 107

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