La urgencia por decir nosotros

Apuesto una cajetilla de cigarrillos, que es todo lo que puedo despilfarrar, a que no adivinan ustedes lo que contestó el inocentón. Vamos, ¡ya veo que me aceptan la apuesta y que se dan por vencidos! —Dime, rey del mundo —prosiguió la madre—, ¿qué es lo que quieres? —¡Chu… cha! —contestó lacónicamente el picaronazo. Desde entonces, no creo en los inocentones. (Palma, 2007, p. 57). La tradición refiere cómo el narrador dejó de creer en la inocencia al punto que el «inocentón» se le figura más como una proyección ingenua de deseos que como un reconocimiento de la propia realidad. En principio, el inocente es quien no ha violado la ley. Aquel que la toma en serio y no se le ocurre transgredirla. Pero ya el mismo término «inocentón» implica devaluar la inocencia como «pajaronada», como resultado de no tener los pies suficientemente puestos en la tierra. Como se puede apreciar, el núcleo de la anécdota refiere la existencia de un muchacho de dieciséis años que nunca ha pronunciado palabra alguna. En su beatífico anhelo, la madre espera que el muchacho exprese algún deseo angelical. De alguna manera, el muchacho de la historia representa a la naturaleza en su estado más puro, la misma espontaneidad de la condición humana. Y resulta que: «¡Chu… cha! —contestó lacónicamente el picaronazo», lo que pone en evidencia que para el narrador la criatura humana está poseída por una concupiscencia transgresiva. Pero como se ha dicho, el universo narrativo de Palma está marcado por la «transgresión benigna». Es decir, como lo señaló José Carlos Mariátegui, la escritura de Palma ni cala, ni hiere muy hondo. Es decir, la crueldad, aspecto fundante de la vida colonial, queda en la penumbra. Este hecho obedece quizá al romanticismo de Palma, a la raíz rousseauniana de su liberalismo. En el mundo criollo inventado por Palma no hay lugar para el sadismo, la gente es acogedora, buena, amable, gozadora. La naturaleza humana, según Palma, aunque está inclinada a favor del disfrute desordenado, no está orientada hacia el mal y la crueldad. IX El mundo criollo imaginado por Palma es pues un mundo de señores cuya identidad se basa no solo en el goce de transgredir la ley, sino también en el de ser diferentes y superiores al indígena. El mundo indígena está 104

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