escepticismo frente a la autoridad y la desconfianza frente a los otros. La «solución» de Palma, su discurso homogenizador, tiene pues efectos ambivalentes, ya que si de un lado llega a crear un nosotros, ese nosotros, sin embargo y de otro lado, es un nosotros «los vivos», los transgresores. Por tanto, imaginar así la comunidad lleva a apaciguar los antagonismos étnicos pero al costo de asumir los impulsos moralizadores como mojigaterías hipócritas. VIII Para ilustrar la creación de este nosotros, con sus ventajas y problemas, me referiré a la tradición «Los inocentones». Este relato no figura en el corpus oficial de la obra de Palma, sino en lo que el autor llamó Tradiciones en salsa verde (2007), nombre con el que reunió una serie de relatos de tono subido donde rescata, más que en otros textos suyos, la oralidad popular. Los inocentones Reniego de tales inocentones y la peor recomendación que para mí puede hacerse de un muchacho, es la que algunos padres, muy padrazos, creen hacer en favor de su hijo, cuando dicen: ¡fulanito es un niño muy inocentón! Siempre que escucho a un padre hablar de las inocentadas de su hija, me viene en el acto a la memoria la copla sobre aquella inocentona que: Un día dijo a un mozo A la sombra de una higuera En no metiéndome a monja Méteme lo que tú quieres. ¡Inocentones! Ni para curar un dolor de muelas, se encuentra uno en este planeta sublunar. Conocí a un muchachote de dieciséis años de edad, que nunca había abierto la boca para pronunciar una palabra; los médicos opinaban que no era mudo, sino tartamudo, y que en el día menos pensado, rompería a hablar como una cotorra; por supuesto que recomendaron a la madre lo tratase con mucho mimo y que en nada se le contrariase. Realmente, una tarde, dijo el enfermo: —Mamá… Mamá. Es para imaginada, más que para descrita, la alegría de la buena señora, que tenía al enfermito en el concepto de ser más inocente que todos los que Herodes condenó a la degollina. —¡Angelito de Dios! ¿Qué quieres? ¿Qué deseas? 103
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