La urgencia por decir nosotros

Diversos autores han llamado la atención sobre la inexistencia de una novela limeña en el siglo XIX. La explicación radicaría en que la novela implica retratar un mundo o tejido social que en ese entonces era casi inexistente. De ahí, como dice Mariátegui, que las Tradiciones fueran la única estrategia posible para encauzar la heterogeneidad y fortalecer los vínculos sociales. Se trataba de identificar cierto aire de familia en rasgos que serían compartidos por todos los habitantes de la ciudad. Este es el desafío de Palma: cómo dar cuenta de una realidad tan fragmentada buscando al mismo tiempo potenciar los elementos de comunidad. Como hemos visto, la genialidad de Palma radica en exaltar el cambio traído por la República. Los limeños comienzan a ser definidos más a partir de sus semejanzas que de sus diferencias. Y, otra vez, esas semejanzas tienen que ver con una forma de situarse frente a la ley. Desde el aristócrata hasta el liberto, pasando por el empleado del gobierno y, desde luego, por la mulata misturera, todos comparten el hecho de situarse por encima de la ley, todos tienen la misma actitud escéptica hacia la autoridad. Y, agrega Palma, la pretensión de que el color de la piel no importa. Como lo ha observado Julio Ortega (1986), la cultura criolla es pluriclasista, crea códigos que permiten la comunicación de gentes muy distintas. Por ello sería una cultura de las «mediaciones». La incredulidad ante la ley tiene como correlato el carácter gozoso, despreocupado, jaranero de los habitantes de Lima. Se cristaliza entonces el estereotipo del limeño mazamorrero. Una criatura alegre, ingeniosa, cordial, siempre bien dispuesta —especialmente cuando se trata de divertirse— pero también incumplida y poco laboriosa. En «Apocalíptica», Palma narra el fin del mundo. Pero el juicio final no puede empezar porque «falta todavía un pueblo. —¡Vaya gente para remolona y perezosa! — murmuró el Supremo Juez». Por supuesto que son los limeños quienes no han acudido. «Ese pueblo no despierta de su sueño ni a cañonazos. Los limeños no se levantan… Y cata que, si la profecía no marra, los limeños seremos los únicos humanos sobre los que no caerá ni premio ni castigo en la hora del gran juicio. ¡Válganos la Santa Pereza!» (1952, pp. 1164-1165). No deja de ser paradójico —una paradoja más en Ricardo Palma— el hecho de que, para imaginar la colectividad, Palma tenga que encontrar en la prescindencia de la ley el elemento común aglutinante. Paradójico, por cuanto una comunidad se instituye en referencia a una normatividad que traduce los ideales por todos compartidos. Pero en Lima resulta que aquello que se comparte es precisamente aquello que separa. Es decir, el 102

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