«mojigatos», que son unos hipócritas. Son los aristócratas que no quieren ver extendidos sus privilegios. Entonces, exonerándose ellos de las leyes pretenden, sin embargo, que los demás las cumplan. De otro lado, los que efectivamente cumplen la ley son los «inocentones», que son unos zonzos, o «caídos del palto». No se dan cuenta de dónde están. Precisamente, todo el mundo criollo se identifica en contraste al indio, que es el «inocentón» por excelencia. Su cumplimiento de la ley está ligado a su ignorancia y falta de educación. Pero aquí la propuesta es ambigua, pues resulta que si el indio cumple con la ley es un inocentón, y si no lo hace es un salvaje. Palma imagina un sujeto colectivo, un pueblo limeño que recién emerge en el siglo XIX pero que es dado por vigente ya en la época colonial. En realidad el mundo colonial urbano era una sociedad jerárquica y desigual ante la ley, donde la coloración de la piel tenía profundas resonancias. Los criollos blancos no solo poseían privilegios sino que, muchas veces, en complicidad con los mismos virreyes podían hacer caso omiso a las reales cédulas que venían desde la metrópoli. Pero en el resto del mundo social, en la plebe, el control de las autoridades coloniales era mucho mayor. Para empezar, «la plebe» era una sociedad atomizada en la que cada individuo se representaba no por su semejanza con los demás, por compartir una identidad común, sino por su diferencia. Es decir, por ser más o menos oscuro, por tener más o menos dinero, por estar más cerca o más lejos del poder. Tal como lo percibió Alberto Flores Galindo, se trata de una sociedad atomizada, incapaz de emprender una acción colectiva. Quizá la demostración más clara de este hecho es la actitud del pueblo limeño en la coyuntura de la Independencia. Entre el rey y la patria muy pocos son los que toman partido. Se trata pues de una «sociedad sin alternativa», dice Flores Galindo (1982). Entonces, el problema de los liberales de mediados del siglo XIX era cómo generar una cohesión social que fuera la base de una gobernabilidad democrática. Como lo ha señalado Antonio Cornejo Polar, lo que estaba a la orden del día era la necesidad de una «sutura homogenizadora» (1994, p. 89). Es decir, la elaboración de «la imagen simbólica de una nación integrada». En otros países de América Latina, de menos complejidad social, emergía ya un sujeto que podía representar a la nación. El «roto» en Chile, el «gaucho» en Argentina, el «llanero» en Venezuela. Pero en el Perú no existía ni la sombra de una realidad semejante. Más que colectividades tenemos individuos atomizados. 101
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