La urgencia por decir nosotros

que impedía una mínima gobernabilidad era la atomización social, la fragilidad de los vínculos y la consiguiente falta de una capacidad para actuar mancomunadamente. En estas condiciones, los únicos emprendimientos colectivos eran los impulsados por los caudillos militares. Ahora bien, entre el caudillismo y la fragmentación existe una relación de complementariedad. El caudillo nace de la incapacidad para la organización colectiva, de la falta de una autoridad legítima. A su vez, el caudillo, al carecer de anclajes sociales definidos y al moverse siempre en la llamada política de círculo, no hace más que profundizar la condición de la que surge. Para salir de esta causalidad viciosa sería necesario ante todo el reforzamiento del tejido social, la creación de un nosotros, de una comunidad. Así se podrían superar los efímeros partidismos que eran la constante de la vida política. Este es el reto al que pretenden responder las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma. Como se vio, con las Tradiciones se cristaliza —súbitamente— un género discursivo que combina la crónica con el cuento. La manera más apropiada de (re)crear el mundo criollo es pues la mezcla de historia y ficción. Es decir, para imaginar una identidad es necesario identificar, y enfatizar, las afinidades ocultas entre personas que presumen de ser diferentes. Se trata de iluminar una realidad que no ha sido traída suficientemente a la conciencia. Ahora bien, las Tradiciones no son un «reflejo» de algo ya dado, pues lo que Palma intenta es redefinir el imaginario hegemónico, basado en la segregación y la jerarquía. Y este intento se funda en postular la democratización del privilegio y del señorío, y el ocultamiento paralelo de la significación de las diferencias raciales. Es como si Palma dijera: de ahora en adelante todos los criollos somos señores porque estamos encima de la ley. Además, todos somos mestizos; en todo caso, el color de la piel no interesa. La condición de privilegiado es extendida desde su origen aristocrático a todo el mundo urbano y se postula que no tendríamos que estar separados por nuestros rasgos físicos, pues todos tenemos de todo. Surge entonces un nuevo sujeto social definido por una vocación de no someter su goce al recorte de la ley, y cuya identidad no está anclada en rasgos físicos. Se trata de una colectividad de gente variopinta, alegre y despreocupada. Una sociedad de cómplices basada en la idea de que nadie tiene por qué juzgar a nadie. La transgresión se inscribe como la marca del carácter criollo14. Se trata, sin embargo, de una «transgresión benigna», por lo que está exenta de violencia y crueldad. En contraste, los que pretenden cumplir la ley son los 100

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