La trampa

Es el que más lee y el que menos habla. Siempre está como ausente. Muchas veces, cuando estamos en la cuadra, se sienta a contemplar a los gorriones en su afán de fabricar nidos en los esmirriados árboles del patio. Una vez le ví los ojos cuajados de lágrimas porque el caporal le había destrozado los nidos con sus crías y todo, y nada m6s que porque a él le gustaba mirar– las. Pero a pesar de sus lágrimas, sonreía. Spurio no intima con ninguno de los reclusos, ni aún con sus dos "causas". Le parece que ambos han sido el instrumento ciego de la cruel jugada que le ar– mó el destino. Pero no es enemigo de niadie. A todos sonríe. En realidad es un unionista muy sui géneris. Care– ce de entusiasmo político, carece de fé, no es capaz de odiar al enemigo. ¿Para qué sirven los poetas en el partido? ¿Son pu– ras figuras decorativas? Sirv-en para cantar a sus héroes y a sus mártires, para exaltar sus glorias. . . son los poetas del pueblo. Pero la prisión no es su sitio. Aquí sobran. Uno se siente como más culpable frente a ellos, frente a su inocencia, a su ingenuidad, a su pureza ... Los años pasan y ·el poeta sigue sonriendo. Su sonrisa se ha hecho casi una mueca trágica. Cuando vienen a verlo su mujer y su hija, tiembla. Los ojos se le humedecen y no sabe qué hacer con las manos. Qui– zá por el gesto huidizo de ella, sospeche que hay algo de verdad en el chisme aquel. . . pero él siempre son– ríe. Sonríe. Cuando salga . . . ¡qué la:ga venganza le tomará a la vida ... ! Han pasado · 1O añQS. 97 -

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