La trampa
La masa La masa avanza como movida por un oculto re– sorte. Se mueve compacta, a ritmo lento, acompasado. Ríos de gentes venidas de muchas partes, desembocan en la ancha plaza, por las bocacalles adyacentes. Ríos, que van surgiendo para engrosar el mar de cabezas oscuras que se mueve en oleadas. No es posible distinguirles las caras, los ojos, las bocas aleladas. Apenas si se sabe si son varones o mujeres. Se ve sólo que son seres humanos, que vie– nen urgidos por una sola necesidad: demostrar que es– tán. Vienen anónimos, con el anonimato de la masa, convertidos en ese monstruo de miles de cabezas, bra– zos y piernas que e s la masa, con un solo pensamiento y un solo anhelo. Todos marchan al paso, todos tie– nen la misma estatura. Miradla: si, le ordenáis reir, reirá a carcajadas, con las mil bocas de sus mil caras, sin saber bien por qué. Si llorar, llorará con la congoja de su viejo dolor, pero sin acertar por qué le salen las lágrimas. La masa piensa y siente con el pensamiento y el sentimiento del que la diriie. Son instrumentos ciegos del líder. Por eso la masa es terrible, porque es capaz de derribar cualquier muralla, de echar abajo cualquier ídolo, de - 98 -
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