La trampa
Un poeta. El poeta Santiago Spurio es un ser raro. Alguien h ha dicho: tu mujer te engaña, y él ha sonreído. Son– ríe siempre. Su sonrisa es como su refugio. Nadie sabe si cuando sonríe es porque está alegre, o porque está triste. Es una sonrisa estereotipada sobre la cara de cmgulosos trazos, una sonrisa que si no fuera por el · gesto mil veces repetido, uno creería que su cara es as:, siempre, a pesar de él mismo. El poeta no cree lo que le cuentan. O si cree, lo oculta muy bien. El sólo piensa en el día en que sal– drá, Al principio creyó que serían. unos meses, luego un año. Su caso es grave, · cómplice de un atentado dinamitero, en el que lo incluyeron por casualidad. Las diarias promesas golpistas del partido le mantienen en permanente espectativa. En realidad, todos cuentan los días de la prisión con los dedos de la mano, sólo que lleg0 un momento que les faltan manos ... Pero la fuer– za del partido es mantener la esperanza. El poeta no tiene familiares cercanos aquí. Sólo su mujer y su hija. Ha venido de una lejana región de · la sierra, con el oro y el verde de su sol y sus prados reflejado en sus ojos. Sigue añorando sus cerros, sus llamas hieráticas, sus casitas de teja roja. Sigue sin– tiéndose forastero, aún en la prisión. -96-
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