La trampa
tristes, de llama serrana, y aunque no se lamenta, to– da su actitud es u:i;¡a queja. Pienso que siempre tiene , miedo. Cuando le dicen su número, tiembla, se le ve en los ojos. Ya entramos en la celda. Nos encierran. Doble llave a la reja de hierro. La celda tiene dos metros de largo por uno y medio de ancho. Al lado izquierdo la tarima arrimada a la pared, al otro lado, un banco. Al rincón, una lata. No hay nada qué hacer. Arriba, en el techo, un foquito de luz, tan miserable que arden los ojos cuando uno quiere leer algún trozo de diario arrugado que nos trajeron de nuestra casa con alguna golosina. Me tiro al , camastro y pienso. El tiempo co– rre sin prisa, minuto a minuto, como un hilo de agua delgado que saliera de una oculta canilla. Cae des– pacio, sin ruido, lentamente. La precaria luz del atardecer va haciéndose más tenue, y la noche invade los rincones que apenas alum– bra la lamparilla de luz. Poco a poco el chirriar de las llaves se hace más lejano. Los oídos se aguzan y empiezo a percibir. En el ancho silencio, sólo el pitear de los guardianes. Sin embargo, afuera hay ruidos, traqueteo, idas y venidas. La prisión está en plena ciudad, pero sus muros son de piedra. Escucho. Deben ser ruidos de autos que cru– zan, bocinas que resuenan. Los ruidos se tamizan y llegan muy lejanos. Pero los oigo. Oigo las bocinas, sobre todo, con su ulular agudo, urgente. Quienes irán dentro de esos automóviles? Gentes libres, tal vez a– legres, tal vez a una fiesta. Las calles tendrán movi– miento, idas y venidas, conversaciones, gritos disputas. Afuera hay vida, hay libertad. Afuera! Todo mi cuerpo escucha. Me pongo a contar las bocinas, a reconocerlas. Esa es la misma de hace un momento ... Esa es nueva. No, ·2sa es la que sonó pri– mero. Recuerdo que la oí anoche también. Por qué pas-ará siempre por aquí ese auto? Tendrán a alguien preso? Será una señal. .. ? O será porque les queda 94 -
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