La trampa

613 Ahora es la tarde. Nos van a encerrar. Cada uno en su respectiva celda como todos los días. Nos alinean para contarnos. Nos llaman por nuestro número. Ca– da uno de nosotros somos un número. Yo soy el 613. 613. Aquí no nos dicen nuestro nombre. Somos sim– plemente un número. Yo soy el 613. De tanto oír mi número, he llegado a olvidarme de mi nombre. ¡Si has– ta por momentos me suena raro! Cuando llegué esta– ba desocupado el 613. Su anterior propietario había muerto, un alemán condenado a 20 años. Entonces me lo dieron a mí, me lo pusieron sobre el pechb. Como a un obj-eto. Una cosa más en esta feria de dolores, de maldiciones y rencores. ¡El 613! Ahora ya empieza el silencio. Nadie puede hablar, pues es severamente reprendido por los guardias. Sólo se oyen las voces de orden. Nos cuentan, nos regis– tran, nos alinean. I luego, un, dos, un dos, un dos, des– filamos a nuestras celdas. Diez números más allá que– da el poeta Santiago Spurio; es el 626. ¡Pobre poeta, acusado de un atentado que no cometió! Se la pasa contando las nubes que cruzan nuestro desvaído cielo y los escasos gorriones que a veces, vienen a formar sus nidos en los arbolitos del penal. Tiene unos ojos -93-

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