La trampa

Pero pasaron días, semanas y no llegó nadie. Lue– go vino un rápido proceso de expulsión, por faltas gra– ves a la disciplina. . . Y una noche ... A ese barrio no llegaban nunca los camaradas de automóvil, sólo los de ómnibus o tranvía. La sórdida miseria aleja a los más heróicos. Sin embargo, esa noche Juan Alberto sintió el ro– dar de un auto que se paraba en la esquina de su ca– sa. Sobresaltóse. Tocaron a la puerta. Eran golpes urgentes, como los de los cobradores. No salió él, mandó al mayor de sus hijos, su Héctor, de 15 años. El muchacho salió y volvió con el recado. Te buscan, papá, son unos camaradas. . . quieren hablar contigo en la esquina. . . Dicen que salgas... Se asombró. ¿Por qué afuera? Que entren. . . Siem– pre han entrado. No; dicen que no van a entrar. Son tres. Te espe– ran. Quienes son ... ? No les he visto bien la caro. . . creo que uno de e– llos, es el "zambo". Sintió como si las piernas no le obedecieran y la sangre le bajó de la nuca hasta los· pies. No tuvo tiem– po de pensar. Salió. No digan que soy un cobarde. Su hijo quedó adentro, alerta. De repente un grito sordo y un golpe seco al caer un cuerpo pesado en el suelo. El muchacho sale despavorido y quiere gritar y sólo siente un mazazo ·en la cabeza y rueda sin cono– cimiento. Le han partido el cráneo, mientras su padre agoniza con una puñalada en el pecho. Así termina sus días un disidente unionista. Juan Alberto ha sido castigado. - 79 -

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx