La trampa
el ·pan y la vida para los suyos. No vió a los camara– das que conversaban en grupos, no vió a nadie. No había sino él, en un comienzo de soledad infinita. To– sió. Le ardía la garganta y el dolor del pulmón se hi– zo más agresivo. No, había que vencer, había que su– perarse. El partido era él, el "j-efe" claro que sí, ¿no ven ustedes cómo he tenido que dejarlo, salirme, ren– dirme, solo, sin nadie que me diga: voy contigo ... ? Tenía razón, no hay tal democracia, ni tal autocrítica . . . pamplinas! ¿I la pobre Clarita, con sus Ímpetus de mujer joven, tendría también que someterse o sa– lirse como él a sufrir sola su impotencia? Pero, y las consecuencias de su actitud? ¿No sería desmorali21a- , dor para la masa? ¿Cómo explicarla ... ? Hubiera que– .ido regresar. Volverse. No hay más unionismo. Eso se acabó. A pensar en otra cosa. El cielo estaba alto de estrellas. La noche fría pe– netraba en los ojos, en los poros. Juan Alberto sentía una extraña satisfacción de ese frio, que le calmaba el calor de la cara y las manos. Caminó por las calles ahitas de sombra. Caminó como si despertara de un sueño, largamente soñado. Vivía en una calle solitaria, en un barrio pobre, lleno de humedad. Cuando llegó, su mujer le espera– ba como siempre, levantada. Tiritaba. Alcánzame mi bebida caliente. . . voy a acostar– me. - 'Debes sentirte muy enfermo - dijo ella por todo rezongar. Esa noche tosió mucho y mezcló su tos con su ra– bia. Todo se había desmoronado en unos cuantos mi– nutos ¿Estaría él equivocado? Días después, alguien le dijo: hay que darle tiem– po al tiempo. Ya les pasará y vendrán a buscarte. Te necesitan. En la secciona! todo el mundo pregunta por tí, que si estás enfermo, que por qué te has alejado ... Bueno. - - 78 -
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