La trampa
hombres y mujeres, todos, el pueblo que ha formado este partido. Usted será el jefe, en el cual reconocGlmos su capacidad de trabajo y su dirección, pero el partido no podría existir sin la masa, sin todos nosotros, sus anónimos componentes. El partido no es usted, cama– rada, y si así fuera, yo .no estaría más en el partido. ¿Eso quiere decir que serías capaz de renunciar? ¿Acaso no sabes que en el partido no hay renuncia, sino expulsión ... ? - El "jefe" se había l·avantado vio– lentamente de su asiento y casi rozaba con las pala– bras a J,uan Alberto. Este se apartó, con gesto de repul– sa. Pensó: a---ésto nos ha llevado la adulación, el en– diosamiento que se ha hecho a este hombre. Tomó una rápida resolución. Me aparto, dijo, no puedo aceptar semejante te– sis. Si estaba equivocado, no sería honrado de mi par– te que siguiera en error. Ah, te pesará ... ! A. dónde irás que no lleves la marca del partido ... ! El "jefe" empezó a recorrer la habitación a gran– des trancos. Estaba frenético, como un histérico. Alza– ba y bajaba los brazos, gesticulando airado. Parecía que le habían inferido un gran insulto. Juan Alberto no qyiso oir más, no podía y se dirigió hacia la puer– ta. que se abrió de inmediato, apareciendo casualmen– te el secretario y valet del "jefe". Se cruzaron sus mi– radas y leyó claro el odio del subalterno que sin du– da había escuchado toda la discusión. En su interior rumiaba sus palabras y las palabras del "jefe": "atre- • verse. . . discutir. . . el partido soy yo ... " y luego el cerrarse de la puerta con absurda violencia. Bajó las escaleras y siguió por el patio hacia la sa– lida del local central del partido. ¿Sería ésta la última vez que lo pisaba ... ? La última vez! I cómo había amado este lugar poblado de voces fraternas, de ca– maradas, de viejos luchadores! Aquí se enterraba su esperanza. Ahora a luchar solo, a brazo partido por -77-
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