La trampa
profesan doctrinas de reforma social como nosotros, no pueden ser nuestros enemigos por más que discrepe– mos. Veo que estás influenciado por esas doctrinas .. . · Tus muchas lecturas . . . 1 Eres de k,s que discuten. Su tono ero hiriente. Naturalmente, "jefe", es mi derecho y mi deber. Si no te dijera mis opiniones, estaría faltando a mi leal- tad contigo, con mi "jefe" y mi hermano. 1 Ah, sí, pero estarías dispuesto a discutirme en ple– na asamblea, porque los "doctrinarios'' como tú, no mi– den las consecuencias de ciertas actitudes. Debes sa– ber que yo he forjado este partido de la nada y que soy responsable por su vigencia y su grandeza. Por con– siguiente, no admito que se me discuta, ni se me re– corte autoridad. Juan Alberto le oía estupefacto. Su intransigencia llegó a darle miedo. No lo hubiera creído jamás. Se le estaba revelando un nuevo hombre, como si hubiese echado abajo una careta. No se le ocurrió nada. Estoy desconcertado, dijo, me parece que me he equivocado al juzgarle, jefe. Yo creí que en un parti– do de organización democrática, como tantas veces he– mos proclamado, había el derecho de autocrítica, para afianzar nuestros principios, nuestra doctrina. . . Opinar no es un delito, Autocrítica, democracia, doctrina. . . palabras, pa– labras y palabras. - remarcó. Demasiado sabe Ud. que la cabeza soy yo y que nada se hace en el parti– do si yo no lo organizo, lo planeo y lo ordeno. Entonces, "jefe", el partido es usted? - pregunto un poco en broma, Juan Alberto. Ni más ni menos. Eso deberías saberlo ya y no asombrarte - su voz era desafiante. Juan Alberto debió enrojecer. Midió el efecto de sus palabras. - Ahora soy yo el que le dice, camarada, que el par– tido no es usted, sino la masa, los dirigentes de grupo, - 76-
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