La trampa
foy 0rdenando. - El muchacho salud6 y sali6 rápido. Luego, sin darle importancia, continuó con Juan Alber– to: Es absurdo que te enfrentes a la disciplina unio– nista por defender a una mujer ... Tú, un jefe de sec– tor, un viejo militante. Me asombrá lo que dices, camarada. No se tra– ta de una mujer. Se trata de una camarada ... Pamplinas ... !qué camarada, ni qué niño muerto! Es nada más que una mujercilla metida en política y que pretende dar normas al partido. ¡Me cargan las muja~ res! No creo que la camarada Clara te haya ofendido, ni faltado a lá doctrina. Pero se atreve a dar conse jos. . . - dijo ésto, su– brayándolo con sorna. Me parece que le asiste e l mismo derecho qua a cualquier afiliado. Sólo que lo que ella pretende es que yo hable con el agente de los socialistas, y ya sabes en qué concep– to tengo yo a ese partido. I qué mal hay en que converses con ese hombre? A lo mejor tiene él algo interesante que proponerte. No quiero ninguna clase de alianza con sectores izquierdistas. Me basta con el unionismo. Aceptando tu tesis, escúchale y rebátele. Pero en mi opinión, creo que un jefe político debe escuchar a otro dirigente de un partido que tiene muchos puntos de contacto con el nuestro. Error, craso error. Eso es lo que yo llamo entender las cosas al revés. No tenemos nada de común con so– cialeros, comunizantes, ni ningún otro credo extranjero. Somos autónomos y no obedecemos consignas impor– tadas. El amigo de tu Clorita es un agente del socia– lismo internacional y, por lo mismo, un enemigo. ¿Enemigo has dicho .. . ? Yo creía que nuestros e– nemigos estaban en la vereda opuesta. Pero lo:s que 75
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