La trampa

vestidos, lucidos en misas y ceremonias pueblerinas. A él no le hacía nada la diferencia de clases, pues el unio– nismo proclamaba la igualdad social y Juan Alberto sabía comportarse. También él tenía su cultura. Ahora le habían hecho llamar de la Secretaría de Disciplina para notificarle que el "jefe" estaba suma– mente disgustado con él. Motivo: su defensa, ante un comité de barrio, de una muchacha unionista, a quien se acusaba, según él, injustamente, de haber cometi– do un acto reñido con la disciplina del partido. No se alarmó. Ya se aclararía. Estaba seguro de que el "jefe" le daría la razón. Pidió subir a verlo. Media hora de espera y entró en el despacho del "jefe". Este tardó en levantar la vista del alto de pa– peles que tenía delante, en su escritorio. Primero diri– gió la vista a un joven que estaba a su lado, a la es– pectativa: - Di1Q a Pedro que cuando llegue Enrique, lo haga pasar de inmediato. I tú, prepárame esas cartas para los comandos de región, que deben salir esta misma noche. · Jiuan Alberto siguió esperando. El "jefe" tenía mu– cho qué hacer. Es muy grande la responsabilidad de dirigir un partido. Le miraba con esa profunda simpa– tía y admiración que le inspiraba este hombre, tan dedicado a la acción partidaria. Pero no se sentía obli– gado a rendirle ningún homenaje. El muchacho esta– ba rígi90, con los pies juntos, esperando que el "jefe" terminase. Era penoso verle en esa actitud, como si estuviera ante un jefe militar. Esperó. - Qué te trae aquí? - diio el "jefe" sin mirar a Juan Alberto. - Creo que tenemos que hablar. . . por fo de Clari~ - ta... • - Ah, sí. .. - se dirigió luego al muchacho, aún rí– gido - ¿qué esperas? Sal y cumple con lo que te es- - 74-

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