La trampa
A veces el cansancio le minaba la voluntad. Un dolor sordo clavado en las espaldas, le hacía inclinar el cuerpo. La mujer rezongaba: Deja de trabajar. . . te estás matando. . . ya es tar– de, Juan. No, María, no es nada. Un poco de cansancio. Ten– go que terminar. Ya pasará. - Eso dices siempre. I yo te veo cada vez más flaco, cada vez más pálido. . . Si tú te mueres, qué será de tus hijos ... ? - la voz era dura, cargada de dolorosos reproches. Tonterías, mujer, ésto pasa. Primero es la obliga– ción. . . Hazme un poco de bebida· caliente para la ho- , , ra de acostarme ... Bebida caliente. . . como si eso fuese remedio ... I la hora de acostarse era bien entrada la noche, pues debía terminar la tmea empezada. Sólo así po– día conseguir ~l íntegro del diario y de los gastos de la casa. \ , Juan Alberto se había hecho unionista por tres ra– zones: primera,. porque era un partido de su clase, y uno debe estar en lo que es suyo; segunda, porque ha– blaba de justicia para todos, de una vida mejor, de edu– cación gratis para los hijos, mejores salarios, leyes so– ciales; y 'tercera, porque era del mismo pueblo natal que el "jefe" y eso ata mucho. Se sentía como parte integrante del "jefe" mismo. Mas favorecido que los otros, pues era su comprovincianó. No, el "jefe" no era distinto a él. Juan Alberto lo sentia como un amigo, como un hermano. Tenía por el "jefe" un afecto entrañable, algo así como si siempre hubieran estado juntos, pensado los mismos pensamien– tos, luchado por los mismos ideales. I él creía que el "jefe" le correspondía. Qué importaba que el "jefe" fuese de familias más distinguidas? Eran como Juan Alberto, pobres, paupé– rrimas, si les decían "las traposas" por la vejez de sus - 73
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