La trampa
El castigo. Se llamaba simplemente, Juan Alberto. Un nom– bre convertido en apellido sin duda por la costumbre de sus lejanos ascendientes judíos. Pero él era nativo del viejo solar americano, en que -ya sus abuelos vie– ron la primera luz y no sabía de religiones foráneas, ni de credos que no fuesen los aprendidos junto con las primeras impresiones de la niñez. Ante todo, Juan Alberto era un hombre de trabajo, un artesano, con el oficio en las manos callosas, y con bastante habilidad para lograr con ellas el milagro de sostener su hogar - cinco hjos, la mujer, la madre an– ciana - La vida es dura y hay que luchar muy fuerte. El pobre sólo tiene amplia la esperanza. I la educa– ción de los hijos significa un esfuerzo superior · a sus fuerzas. Educar a los hijos! Lograrlos, como dicen los viejos, que sean hombres de bien, no ignorantes, pro– clives a todas las tentaciones, y sobre todo, inermes para defenderse en la lucha por la supervivencia. P·en– sando así sentíá la saliva amarga. Ningún auxilio por parte del Estado, pese a sus cin– co hiios. No era obrero, no estaba afecto a ninguna ley social. Sólo atenido a sus propios recursos y a la fuer- za de sus manos. · -72-
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