La trampa
po todos nos hacemos semejantes, hablamos· el mismo idioma y entendemos los mismos signos. Entonces es cuando decimos: "ya ese entró ... "Antes todavía está afuera. I ·aso dura. Pero "entrar" libera un poco del complejo del preso. De la soledad. Han venido muchos. Diez, veinte. Hay rumores, acallados por las violentas órdenes de los guardianes, de que ha habido un levantamiento. Cuando ésto pa– sa, los guardias se vuelven más s igilosos, más aten– tos a la menor sospecha. Les parece que por algún resquicio de la prisión se han filtrado noticias. Junto a mi celda han puesto a uno de los nuevos. No sé bien quien es. He logrado mirarlo a hurtadillas Y lo he visto un poco viejo. Ya un hombre. Cuando los pasos de la ronda se alejan, golpeo la pared de mi celda. Dos, tres veces con golpes rítmi– cos. Hago ésto varias veces, sin obtener respuesta. Al fin, un tímido golpe me indica que me ha oído. Bajo to· do lo posible la voz: - Camarada. . . me oye? Me responde· con un re· zongo: Sí. . . qué quiere .. . ? - Fíiese bien: no hable sino cuando sienta lejos los pasos de la ronda. ' Ajá. Quien es Ud.... ? Yo ... ? Víctor Leiva. . . obrero tipógrafo. Ah. . . (no lo conozco) yo soy Charles Stool .. . A_h ... ! (exclamación da asombro) ¿Usted ... ? S1. . . yo. . . ¿qué ha pasado ... ? - Silencio. Los pasos de la ronda se acercan. Pasan. Siguen y se ale– jan. Diga, qué hay ... ? por qué tanto preso ... ? Ha habido revolución . .. Fracasó ... ? Sí. . . Muchos muertos. . . muchos presos .. . I qué más . .. ? No ·sé. Yo no sabía nada. Me sacaron del trabajo -70- '
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