La trampa
bon la conciencia por momentos, hasta dar ganas de que todo termine de una vez. Pero al comienzo era algo inaguantable. Cuando me levantaron el aislamiento - todo un año encerra– do en la celda, sin ver a nadie! - pensé: "Van a ve– nir. . . vendrá mi madre. . . tal vez el viejo. . . mis her- manas ... Les voy a ver la cara... me preguntarán ... Llorarán ... " I por momentos, deseaba que no llegara el _día. Pero llegó. I el silencio de todos, y el llanto caflado de mi madre, su no querer decir sino cosas a– jenas a mi prisión, fueron peores, mil veces peores, que si me hubieron hartado a reproches o si me hubierar-i preguntado. El preso no se inquieta sólo por él mismo o por los suyos. Sufre también, sin proponérselo, por sus com– pañeros de presidio. Sufre por- las miradas filudas de los visitantes que le señalan con los ojos. . . "Ese . _. ese mató ... " I uno no sabe, no llega a adivinar, si le reprochan, si le odian, o si solamente les es indiferente. Pero son 10, 20 pares de ojos que le recorren a uno desde la nuca, como si uno fuera un animal raro o una bestia encadenada, incapaz de hacer daño ya. I a mí me miran siempre la cicatriz de la frente ... Cuando pasan los primeros largos momentos de los saludos y las preguntas obligadas, uno mira uh po– co a hurtadillas, por encima de los hombros, a las o- tras visitas. Todos ellos tienen su libertad, sal-en al aire libre, pasean por las calles. Un rato más y se liberarán del asfixiante ambiente de la rotonda. Un día, era verano, unas muchachas, amigas de un preso de los nuestros, vecino mío de celda, le traje– ron a éste una botella con agua de mar y una bolsa llena de arena de la playa. . . Para que recordara un poco el mar. . . ¡Cómo nos hizo llorar la broma ... 1 To– dos los del grupo olimos el agua y nos emborracha- __:_ 47 -
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