La trampa
mos con su acre perfume a algas marinas, a yodo, a podredumbre. . . Luego, nos moiam9s las manos y la caro. . . era tan poca cosa... ! <;1penas si pudimos sa– borear su frescor. La arena la guardamos para poner– la debajo de la almohada y sentir por la noche su ás– pera caricia. Fué un goce amargo ... Lo peor de todo en las visitas son las sonrisas y las risas femeninas. Cómo se nos meten en el intacior de los oídos y quedan ahí vibrando días de días. I uno quisiera poder tenerlas al alcance de las manos y a ser posible, estrujarlas para que no sigan riendo, por– que sus risas martillean sobre nuestros sentidos y nos arrebatan la tranquilidad, que tanto cuesta sostener. Cuando se van las visitas, los penados entramos en fila hacia el interior de la prisión, a los patio•s. Allí nos recuentan, porque no vaya a ser que alguno se haya escapado. I no sé . lo que será, pero un silencio de plomo nos chorrea encima y nos pesa por muchas horas. No, no es la disciplina que lo impone. Es que estamos saturados de lo que acabamos de oir, de ·ver, de adivinar, y cada uno quisiera prolongarlo, rumián– dolo a solas. Por eso no habla. Quizá . algún chusco le lance a otro un chiste obsceno. Entonces, como si se abrieran las compuertas del pecho, muchos estallan en una risa nerviosa, aliviados del peso del pensarrúen– to. Pero la mayoría vuelve a su ser y continúa el so– liloquio. A veces uno recuerda y se complace en reprodu- cir los diálogos triviales: I sabes?. . . estuvo a vemos la fulanita ... Aiá .. . ? I cómo está.. . ? siempre tan flacucha .. . ? Qué va, ya, no, si se casó y ya tuvo familia .. . Hola ... l y ha engordado ... ? claro . . . I cuántos hijos tiene .. . ? ..._ Tres. . . todavía no hace cuatro años que se ca– só. . . y ya tiene tres. - 48-
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