La trampa

comodada, ansiosa de imitar. En los bares y cantinas; en los ci:;rbarets multicolores, apretados de turistas, en las residencias de paso. En Panamá nadie es más que nadie, y todos pue– den sentirse ciudadanos del mundo. Una amplia de-. mccracia nivela a las gentes que caminan tranquilas, confradas, seguras de no ser menospreciadas, n i que nadie les haga preguntas 'indiscretas. En el alegre bar y frente a sus infallables shops de cerveza - la floja cerveza panameña, casi sin es– puma -,- est,á el rojo capitán Charles Stool con dos vie– jos lobos de mar: Joseph Me Cornack y Richard Moon. Hablan y ríen, cuentas chistes y se callan, m irando pa– ra adentro. Stool relata las incidencia!:; de su último viaje en el buque mercante peruano "Amazonas" , don– de la tripulación se había agitado últimamente, sin du– da por la presencia de un nuevo elemento anarquista, recién admitido, para sustituir a un marinero que q ue– dó enfermo en Cuba. Los tiempos andan revueltos, y todo por culpa de esos malditos comunistas. Oh, Stool, todo tiene que cambiar. Si no fueran ellos, serían otros. El mundo camina. Pero no pueden entendene hablando? Yo nunca niego nada a la tripulación, dentro de la disciplina. Cuando hay algún conflicto, me lo presentan en orden, tranquilamente y yo lo resuelvo salomónicamente, con justicia. Eso crees tú, pero no sabes si a ellos les sabe así. Tú tienes un concepto a la antigua. Cre·es que las co– sas son iguales a como hace 30 años. No, viejo, todo cambia. Hay otras exigencias, otras ambiciones. Hay lo que llaman "conflictos de clases .. . " Ah, viejo lobo. tú e res marxista .. . ! Qué se yo! . . . Lo he oído en Ne"'{ York, y en Mar– sella, y en Hamburgo. Sólo que en idioma distinto. I · algo se queda, algo. - 32 -

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