La trampa

Panamá, hora cero. El ardiente sol del trópico cae a plomo sobre el ' asfalto de las calles que uno siente derretirse bajo los pies. Cae sopre los blancos tes;:hos, sobre la muche– dumbre callejera, acesante, sudorosa, pero de ancha sonrisa. Rostros rojos, tostados, a marillos, oscuros. Todas las razas y todas las indumentarias en este puerto, en– crucijada de caminos, rumbo a dos mares y a dos mun– dos diversos. Atlántico y Pacífico, oceános padres, raí– ces de vida y trampolines de esperanzas. Panamá congrega a los tipos de todas las latitu– des, venidos con la ambición de lanzarse a los pueblos de América en busca de fortuna. Muchos se quedan, urgidos por la necesidad y ante el incentivo del traba– jo pagado en dólares, no importa la clase de traba– jo que sea. Otros anclan para siempre en este puerto maravilloso, donde se oye el latido del mundo COI'IfO en ninguna parte. Todas las voces, todos los idiomas, todas las can– ciones. La vida palpita en los ambientes saturados de mugre de las barriadas de los negros, en los bungalows mecidos por la floresta siempre verde donde viven los "gringos" - extranjeros en todas partes - y la clase a- - 31 -

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