La trampa
No, no hiiita~ ... Vean a su tía Emilio que las a– compañe hasta que yo regr.ese. Sin duda hay un error. . . . Todo se aclarará. . . y por Dios, nada a su padre, nada. . . - Salió derecha a la puerta de la calle. Afuera; grupos de curiosos miraban a prudente dis– tancia. Uno de los hombres detuvo un taxi y la invita– ron a subir, Ella al centro y un hombre a cada lado. Adelante, los otros dos, porque uno de ellos quedaba en la puerta de su casa. Otra vez le pareció que se iba a desmayar. El co– razón le golpeaba en el pecho tan fuerte que tenía la impresión de que su ruido salia al exterior. Se llevó la mano al pecho para querer contenérselo. Los dos tipos la miraron. Ella trató de disimular. No se dejaría ver débil, quería· resistir hasta el fin. Pero a todo ésto no había pensado en lo que pudie• ra haberle sucedido a su hijo. ¿l si lo hubieran muerto? Se estremeció. I... mi hijo? ... -Su voz estaba transida de terror. Está herido. . . -Piio el tipo de la izquierda -pe- ro se salvará. Tiene que hablar .. . Herido?. . . Quién lo hirió? .. . - El mismo, quiso suicidarse, pero le falló. Meior así, porque ahora dirá quienes le han ordenado este crimen. · Suicidarse. . . matarse. . . gran Dios ... ! su Charles . . . Pero no dijo n'ada. Cerró los ojos y evocó la. figura de su hijo. Alto, delgado, los claros ojos inocentes siem– pre sonreían. Mimoso, le gustaba apretarse contra ella cuando la abrazaba. . . I ahora lo había perdido . . . ya no era más su hijo, era un asesino. . . Estuvo a punto • de gritar, pero se mordió los labios. Qué le pasa, señora? . .. Se siente mal? ... Ya lle– gamos. -Oh, no es nada. . . Vamos no más. - 30-
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