La trampa
un poco a la melancolía. Un poco a pensar en cosas tristes. · Sobre la cómoda del dormitorio sonreían los retra– tos amados. Su madre, su marido, sus hijos. Charles... Este hijo. . . Qué le sucedería a este hijo?. Una peque– ña punzada al lado izquierdo la obligó a pasarse la mano. No podía comprender el por qué del cambio de su hiio. Dócil, juguetón, alegre. Convertido en un ser huraño, hosco. Apenas si le veía la cara, apenas si le oía hablar desde hacía algunos meses. Hasta la voz le habío cambiado. Ayer no más quiso pescarlo un roto para mirarle los ojos como cuando era un chiquillo, pero se lQ esca– pó bruscamente. Tengo que hacer, mamá, déjame. Pero Charles, que te sucede? Estás enfermo? I ya en la puerta de la calle: No mamá. . . es que estoy muy ocupado ... - I el golpe seco de la puerta al cerrarla con su mano violenta. Sí, su hijo está nervioso. I no es de ahora. Hace tiempo que lo ve caviloso, ensimismado en los breves momentos• que llega a la casa. ¿Habrá que decírselo a su padre? No, tal vez sea mejor dejarlo así. Los mu– chachos, cuando entran a la juventud, se crean proble– mas sentimentales que los padres no podemos alcan– zar. Si le hablara sobre ésto, me diría: "Tú no sabes, mamá, tú no puedes comprenderme ... '' Como si una madre no fuera capaz de comprenderlo todo! . . . ¿Se habrá enamorado? Eso es, tal vez esté enamorado... Pero, qué tonto, si todo el mundo se 'enamora ... Mi pequeño Charles! ... De repente, la catástrofe. Algo estalló sin saber dónde. Mamá! . . . mamá! . . . Charles! ... 26 -
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