La trampa

,_ do. Pero no. Venía algo más. La calumnia! La calum– n ia, con su baba p-estilente, salpicó a mi madre! Quién inventó aquello? Era diabólico. Yo matando a ese hom– bre por venganza personal? Mi madre adúltera, aban– donada en su verguenza, era vengada por· mí, come– tiendo crimen de parricidio? . . . Ah, ésto sí que era su– pe rior a mis fuerzas. Todo ésto se murmuró, se deió co– rrer como bola de nieve, se deslizó como un veneno sutil en la ·agitada opinión pública. ¿De dónde había, salido? No del lado de las víctimas. Eso lo comprendí, lo descubrí más tarde. Para ale– jar la sospecha política y salvar al Partido de la acu– sación de asesinos, se inventó el horrendo infundio de que yo había matado para vengar el honor de mi ma– dre ... l Durante todo el proceso viví a ciegas, desconecta– do del mundo. Mi contacto era sólo con' los médicos, los enfermeros que ponían y quitaban vendas. Me ha– bían anestesiado para extraerme la bala de la sien, y -'- lo supe después - ante la inminencia de mi condena a muerte, al extraer la parte de cráneo destrozado, no ' pusieron en su lugar ningún trozo de materia - alumi- nio, platino, qué se yo - y cerraron la herida sobre la masa encefálica, medio desgarrada y palpitante. Así está hasta ahora, latiéndome los sesos bajo la piel. Lo vé usted .... ? -24-

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