La trampa

Sentí una cosa horrible qu9 me apretaba la gar– ganta. Eran rn-is propias manos que habían subido has– ta mi cuello Ah! ... Entonces yo estaba vivo, vivo des– pués de "aquello"! ! " Si la voluntad bastara para morir, yo habría muer– to en ese momento. Unas rudas manos bajaron violentamente las mías y una voz lanzó una grosera interjección. Al mismo tiem– po, él dolor se agudizó más y sentí que corría un hilillo caliente del costado de mi cabeza. Comprendí que ep– taba herido. Quise arrancarme las vendas, con la es– peranza de terminar de alguna manera, pero de nue– vo me sujetaron las manos con rudeza brutal y volví a caer en el vacío, rodando por una insondable oscuri– dad. No sé cuándo desperté en el hospital, bajo la in– quisitiva mirada de dos gendarmes. El insoportable do– lor me sumía una y otra vez en un largo sopor, del que volvía extenuado, incapaz de pensar en nada. Durante todo ese tiempo - cuánto?, no lo sé - no ví sino caras ene migas, extrañas, que venían y se iban. Algunas véces me interrogaban y no sé qué les con– testaría. Pero cada vez me sentía más ajeno al mundo, a la vida. Una lasitud casi agradable me tenía sujeto, sólo interrumpida por súbitos dolores que pronto eran aplacados por un pinchazo que me daba un enfermero. Luego, el reposo, la lasitud, el olvido. Así debe ser la muerte! I yo me entregaba a ella con toda el alma. Luego vino el proceso, aquel horrible proceso in– ventado por el odio de los hombres. Yo creí que había agotado toda mi parte de sufrimiento en el drama viví- - 23-

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