La trampa

que aunque la veía todos los días, no podía situarla como adora en el corto drama de matarlo a él y sólo a él. La mujer reaccionó violenta y enérgicamente y yo ví cómo metía la mano a la cartera y extraía un peque– ño revólver, como de juguete. No sé qué pasó por mí. En ese mismo instante, el hombre había caído pesada– mente al suelo, sin proferir un solo grito. La mujer mas– culló unas nerviosas palabras y antes de que alzara el arma, yo le había disparado. No la ví. caer, sólo atiné a salir del escenario del drama y corriendo calles aba– jo, sabiéndome perseguido, recordé de pronto el epílogo ya previsto: yo también debía morir. Alcé el revólver a la altura: de mi sien y disparé una vez más. Rastrillé de nuevo sin resultado. Seguí corriendo, corriendo ins– tintivamente hat:ia la humilde vivienda cl\onde hacía mis prácticas de tiro . .. Todo se fué desvaneciendo co– mo un humo tenue, las piernas ya no me obedecieron más. . . y caí entre un rumor creciente de olas encres– padas. Cuando desperté estaba fuertemente atado a una silla dura, con los brazos a la espalda: y la cabeza ven– dada. Un horrible dolor me martilleaba los sesos y yo debí quejarme, pues unas manos rudas se abatieron so– bre mis brazos y mis piernas, golpeándome sin mira– mientos. " Alguien dijo: suéltenlo! . . . · " Y yo pude mover los brazos y sacar un pañuelo del bolsillo para limpiarme los ojos. Tenía sangre y lá– grimas. ¿ Qué había pasado? Empecé a recapacitar. Una luz amarilla alumbraba la pieza y varios pares de ojos. feroces atisbaban mis menores gestos. " M<w pellizqué. -22-

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