La trampa
pedir permiso para entrar. . . Eran como el resaque de una tormenta, lo que el mar arroja a las playas aban– donadas. Derrotados por la vida, náufragos que se aga– rran a la primera tabla que flota en el mar. Eso era sin duda el partido para ellos. " En cambio los líderes me impresionaron de otra manera. Sonrientes y satisfechos, llevaban en su.s ros– tros la expresión de dispensadores de favores. A ellos se acercaban los "camaradas" con rendidas genuflexio– nes, y con las manos en alto. En una de esas veces, uno de los líderes me sonrió, parecía ser amigo de uno de mis compañeros. " Empecé a interesarme. Cuando sabía que iba a hablar un líder, ya no era preciso que mis amigos me instaran a acudir. Iba solo. Yo no había estado antes en reuniones políticas. En los locales del partido me familimicé con nuevos conceptos, que nunca había co– nocido: justicia social, reinvindicaciones de los dere– chos del pueblo, reparto equitativo de la riqueza. . . Por primera vez oí la palabra "imperialismo". Había que luchar contra el pulpo imperialista. Al comienzo no lo– graba alcanzar el significado de todos esos discursos, pero me cbntagiaba el entúsiasmo de los oyentes, sus gritos, sus aplausos. Me gustaba, sobre todo, oirles can– tar. Eran hermosas sus canciones, llenas de fervor, al– gunas tristes o dolorosas, como debía ser el alma de los que las cantaban. " Alguna de las muchas veces que asistía con mis a– migos, me atreví a preguntarle a uno de ellos, al que consideraba más preparado: I, dime tú, qué es la justicia social? Mi amigo vaciló. Parecía tan poco enterado como yo mismo, pero al fin me espetó estas palabras: Debe ser mejores pagas para los obreros. . . ¿No ves cómo aplauden esos? Son gentes que trabajan, obreros, albañiles, sirvientes ... - Ah, dije yo, eso deba ser. Sí no, no se entusiasma– rían tanto. -12-
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