La trampa

pías manos. Me importaba jugar, divertirme, ir al ci– ne, galantear a las muchachas. Me juntaba con un gru– po de muchachos de mi edad y salíamos a pasear al parque, por las tardes. Allí acechábamos el desfile de las chicas barranquinas, alegres y parladoras. Toda– vía ,me suenan los cascabeles de sus risas en las no– ches solitarias. Todavía las veo por entre los árboles cuajados de flores moradas, con los rostros sonreídos, picarezcos, de jovencitas con aires de mujer. I aspiro fuerte su perfume mezclado al de las lilas. . . Ellas pue– blan la noche eterna de la prisión. Ellas . . . ella. Sí, porque había una entre todas, de grandes ojos negros y de pelo cetrino que al pasar junto a mí dejaba resba– lar su mirada de terciopelo sob:r\S mis ojos tímidos de deseos. Todavía la veo, delgada, grácil, apenas ·mu– jer, con su andar de palmera. Pero no puedo precisar sus rasgos, se me escapan como si se estuvieran bo– rra_ndo poco a poco de la pizarra de mi pensamiento. Así me estoy olvidando de cómo se vive afuera. Unos muchachos me hablaron del "partido". Yo no sabía lo que era política. No me intere::¡aba. En mi casa muy rara vez se hacía comentarios sobre los sucesos de la política local. Mi padre era extranjero nacionalizado y creo que por su -profesión, no le gusta– ban esos temas. Pero mis amigos iban a escuchar las charlas políticas que se dictaban en algunos locales. Una vez me llevaron a oír a un líder a quien llamaban "el pibe". " Varias veces más volví c:on ellos. Escuché a otros oradores y oí los comentarios de _mis amigos. Los lo– cales rebosaban de gentes, casi todas humildes, hom– bres y mujeres. Me impresionó ver a los "camaradas": Todos parecían venir de los más· oscuros fondos de la vida, sus sonrisas no eran alegres, ni se les veía rebel– des. Apocados, tímidos, se diría qtie siempn~ debían

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx