La trampa
tiago Spurio. Ellos también me miran. Tienen los ojos brillantes, encendidos de lágrimas. Nos entrechamos las manos. No podemos decir nada. Una emoción into– lerable nos aprieta la garganta. Tenemos ganas de gri– tar. Salimos. Detrás de nosotros -resuenan las pisadas de los gendarmes. Todavía ... ! No puedo creerlo. Me cuesta asimilar esta verdad: soy libre ... ! Dentro de unas horas, pisaré de nuevo las calles ... veré las luces de la ciudad... el sol libre . . . el asfalto brillante. . . Mi madre... ¿lo sabrá mi madre ... ? ¿Estará lista a recibirme ... ? . Caminamos a prisa, subimos a las celdas y nos las abren. No es la hora, pero nos las abren para que pre– paremos nuestras cosas. Poca cosa. El tiempo transcurre. Llega la tarde. Se va hacien– do la noche en la prisión. Después de un tenso silen– cio en que los tras nos miramos las caras, llegan de la Dirección. Han mandado por nosotros. ¿Ya es la liber– tad? Cogemos nuestros paquetes, nuestras maletas, y sa– limos. No corremos. Hay que darle dignidad a nues– tra salida a la libertad. Avanzamos hasta el despacho del Director. Viejo despacho, aJtiborrado de muebles viejos, oscuro, renegrido. No lo veré más. El Director está en compañía del "califa" .. . Saludos. Albricias. Frases vanales. Todo muy rá– pido, muy apresurado. El "califa" está nervioso en me– dio de su euforia. Pero tiene instrucciones precisas. Se hct preparado una manifestación. . . - dice - Lucho saldrá en hombros del penal y será llevado has– ta e l local de nuestro diario ... Allí dirigirá algunas pa– labras a los manifestantes. . . Tú - se dirije al poeta Spurio - te irás directamente a tu casa, en un auto que te espera afuera. Así se ha dispuesto para evitar exce– sos. Sólo Lucho saldrá al público. A mí no me dice nada. Al fin me palmea el hom– bre y habla: - 137 -
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