La trampa

después. Porque ya había ingresado a la Universidad. Iba a seguir Letras, luego Derecho. Esa era la esperan- za de mi madre. La verdad es que a mí me habría gus– tado más ser marino, como mi padre. El mar me ha atraído siempre. Me gustaba tirarme en la playa de la Herradura, horas de horas, sintiendo el estallido de las olas, rompiendo contra las rocas. I me gustaba lanzarme al agua, nadar lo más lejos posible desafian– do las correntadas y la resaca. Iba con varios mucha– chos, todos del barrio, · todos compañeros del Colegio. Una vez estuve a punto de ahogarme. El mar estaba un poco picado y una inmensa ola me llevó mar aden– tro. Yo luché por regresar a la playa má~ de una ho– ra, pero la resaca me volvía a meter y me alejaba ca– da vez más Cuando ya estaba fatigado, me entró mie– do y pensé• que me ahogaría. No, no pensé en Dios, qué curioso! pensé en lo que diría mi madre, en su tremendo susto. . . Lejos, en la playa, mis amigos mira– ban · sin atreverse a entrar al agua. Lo único que ati– né fué a no tragar agua. Si abro la boca, me dije, es– toy perdido. Una gran ola .me lanzó a la playa y me revolcó en la arena. Así salí. Me rodearon los mu- - chachos, mudos de miedo. Alguno tenía lágrimas en los ojos. Pero ni por esas dejé de regresar a la p laya. Por– que el mar atrae, fascina es como cualquier vicio, qui– zá como el amor. . . Le tenemos miedo, sabemos que hace daño, pero ah í estamos dándole vueltas hasta caer' de nuevo en él. El mar! Ah, cómo le extraño, 10 años sin verlo, sin oír el estrépito de sus olas, sin sen– tir el olor acre de su sal y su yodo. . . Nadie sabe lo que es eso. Antes de convertirme en asesino, yo ni soñaba con esta cosa tremenda que es haber matado con sus pro- - 10-

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