La trampa

tas ... ! Con sus versos rampÍones, cantándole a los ras– cacielos qµe ni siquiera conocen sino en fotografía y co– miendo como perros hambrientos. Los poetas no de– berían comer. . . ni lo otro ... Ya llega Pedro. Que me prepare el baño. Eso de tener que bañarse! que me haga masaje, estoy llenán– dome de carnes. . . que me apriete los muslos, están muy rellenos y me hacen sudar. . . que me sobe las espaldas. . . los lomos, como él dice ... "Jefe", nos bañamos . .. ? · Claro, chico, nos bañamos ... Yo ya estoy listo. . . vamos, pues ... Vamos ... Salto de la cama. Pedro se ha puesto su ajustado pantalón de baño. Todavía soy ágil, no me pesan mis 90 kilos. . . Es que soy más músculos que grasa. . . Pe– ro Pedro es bueno, todo lo hace con delicadeza. . . To– do. ¿ Cómo prescindir de él como quieren algunos ... ? Me respeta, no es capaz de una infidencia. Con él puedo expansionarme. Para eso es mi fiel criado, al que he sacado del lodo, de la inmundicia. . . I a los otros los o!iligo a tratarlo como a su igual. . . los hu– millo. I Pedro se crece, bajo mi sonrisa cómplice. Ade– más, me entiende. Ha llegado a asimilarse mucho de mí mismo, como los animales con el continuo trato con la gente, toman sus gestos, sus hé(bitos, así Pedro. Se ha vuelto inteligente. Yo le consulto, y él me da mu– chas veces la clave de lo qua necesito. Porque carece de vanidad, como los otros, y dice las cosas simple– mente. Al agua, "jefe" ... Al agua ... ! huy! como está de fría . . . I Ahora viene lo mejor, el masaje y el agua de Co– lonia. - 127 -

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