La trampa
diéndose de todos, pero 3aliéndome al encuentro para saludarme con su sonrisa rastrera. I yo, ni caso, no lo veo. Hasta que lo haga llorar como una mujer ... I el "castigo". Bueno, eso sí que es más serio. Los que hE1mos hecho castigar, no han vuelto por la segun– da. . . como que algunos hace rato que se pudren en el cementerio. . . Pero sólo así se consigue una verdade– ra disciplina, con este elemento feble, sensual, acostum– brado a la molicie, incapaces de tareas arduas. . . Ah, la juventud alemana, por ejemplo, mozos que parecen dioses, verdaderos atletas. Su belleza está en todo de acuerdo con su valentía, con su entrega, con su fervor . . . Yo tengo que hacer de este pueblo torpe y abota– gado, algo nuevo y fuerte, algo que dé qué decir. Que sea capaz de ayudarme a llegar por encima de la me– diocridad ambiente. Por más que busco, no logro en– contrar a los tipos selectos con los cuales haría mi guar– dia personal, mi guardia de honor. No cabe duda de que este es pueblo de desnutridos físicos y mentales. Nietos de esclavos, todavía llevan la marca de las ca– denas y de los latigazos. Ahora tengo que cambiarme de medias. Jorge di– ce que debo hacerlo todos los días. Si me baño, no · puede s·er que me huelan los pies ...· A la noche, bue– no, estaré con esos. Toda la noche... ¡Quien sabe! Esos gastan yardley hasta en el bigote. . . Se estreme– ció. Un cosquilleo de emoción le hizo bajar las manos de debajo de la nuca. Nunca se sabe. . . pero no. Tengo que controlar– me, un poco, por lo menos. A veces son espías, pro– vocadores. Con el menor indicio, me armarían un es– cándalo mayúsculo. I entonces, todo el edificio por tie– rra. No soy ningún pelele. La comida que hizo ayer Justina estaba muy sa– brosa. Cambió de posición en la cama. Sólo que ese tragón de Leonidas se comió dos platos como cerros ... Cómo come ese poetita ... ! Qué risa me dan los poe- 126 -
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