La independencia inconcebible

A MODO DE CONCLUSIÓN «América es un coloso que camina con firmeza hacia su independencia, sin que haya sobre la tierra poder humano capaz de contenerle en su marcha tan impetuosa como irresistible» (Cabrera de Nevares, 1821, p. 36). Esta afirmación de Cabrera de Nevares parece condensar claramente la impresión de fatalidad sobre el desenvolvimiento de la insurgencia que parece irrumpir en las últimas memorias del segundo liberalismo. En ellas se revela de forma tácita la incapacidad de torcer un orden de cosas que no había sido creado por el régimen constitucional, «sino presentado antes de nuestra generación política», y que resultó opuesto «irremisiblemente a que se experimenten los felices resultados que se esperaban de las medidas tomadas en el año 1821 y febrero de 1821» (Informe, 1822, p. 9). Según pasaba el tiempo, el panorama que presentaban las memorias sobre el Perú resultaba cada vez menos halagüeño, pero se apuntaba siempre al mantenimiento del vínculo político. Muchas veces se tiene la impresión de que en la argumentación de los ministros no se querían deducir todas las consecuencias de aquellos sucesos que estaban relatando. En realidad, los secretarios estaban intentando transmitir que la situación se encontraba bajo control, sin conseguirlo del todo. De hecho, no puede dejar de constatarse en sus intervenciones que las dos vías de acción —la militar y la negociación— se iban erosionando conforme la insurgencia avanzaba, lo que paulatinamente quitaba al poder central cualquier capacidad de reacción. Así, pese a que se declaraba una y otra vez la necesidad perentoria de enviar refuerzos militares, sobre todo navales, no acababan de concretarse los sucesivos intentos, al punto de que en todo el Trienio no se consiguió enviar fuerzas al Perú. Asimismo, sucedió algo semejante con la posibilidad de llegar a un acuerdo con los americanos. En un primer momento, en 1820, el régimen constitucional era adornado con una serie de virtudes que presumiblemente favorecerían un entendimiento con las primeras comisiones de negociación enviadas a América. Sin embargo, hacia las últimas memorias del Trienio se admitía el fracaso de la conciliación y que la posición del gobierno realista era cada vez más débil, al haber tenido que abandonar la capital virreinal (Martínez Riaza, 2011, p. 684). Fue el momento en el que la segunda fase de la negociación 96

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