La independencia inconcebible

sustituyó la confianza del pasado por una actitud más prudente que traducía la debilidad y la incapacidad de actuar en el espacio transatlántico. Si el principal motivo de esta limitación fue de orden material, tampoco conviene soslayar la disociación que se produjo entre la corte y el Perú en cuanto a la circulación de información. Las noticias contenidas en las memorias de los ministros sobre el Virreinato eran pocas y desfasadas en lo que respecta a la evolución política y militar de la disputa, sancionando un aumento de la distancia relativa conforme aumentaba la conflictividad; no obstante, tampoco presentaban un panorama mucho más completo de las medidas adoptadas por el gobierno para propiciar no solo el cumplimiento de las disposiciones encaminadas a fomentar el desarrollo del territorio, sino fundamentalmente a socorrer a Lima y a las demás provincias que habían solicitado el envío de auxilio a la madre patria. Esta circunstancia incluso alcanzó a ser advertida por la comisión de Ultramar, que llegó a aseverar que, aunque se daba por supuesta la adopción de medidas y también se asumía su fracaso, lo cierto es que lo que se había hecho para «[…] llevar a efecto todas las miras y proyectos anteriores, con particularidad el de socorrer a Lima y las demás provincias […] es un arcano […] puesto que en la memoria del gobierno nada aparece por donde se puedan ni aún rastrear las medidas adoptadas en tan terrible y crítico período» (Informe, 1822, p. 9). Resulta difícil sustraerse a la seducción de un planteamiento finalista, pero la impresión que se tiene al leer las memorias producidas en 1822 es que la situación ya estaba decidida en favor de los insurgentes. A partir de este momento, la realidad de la Independencia comenzó a planear cada vez con más fuerza en la corte de Madrid, aunque los ministros se negasen a asumirla. De cualquier modo, no deja de llamar la atención esa sensación de irrealidad que genera el hecho de que las Cortes siguieran legislando para unos territorios que no se controlaban y que los ministros persistieran obstinados repasando las medidas de gobierno adoptadas en Ultramar. El Perú se perdía en voz baja, tal y como parece haber sido su presencia en las Cortes del Trienio, en una coyuntura en la que los secretarios demostraban con sus memorias una disociación con la Península, gestada hacía ya un tiempo atrás, en la que los principales resortes del poder comenzaban a estar fuera del alcance de las autoridades españolas de la Península. El último foco del poder español en el Perú nada debió al gobierno del Trienio constitucional. 97

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