justificar el golpe de Aznapuquio y solicitar ayuda militar (Puente Cándamo, 1954; Martínez Riaza, 2011, p. 665). La coyuntura era muy distinta y el secretario se veía forzado a admitir oficialmente el avance de la insurgencia y el fracaso de la conciliación, no por falta de voluntad por parte del rey, sino porque los disidentes exigían el reconocimiento de su independencia. Para el Perú, sus informaciones más recientes estaban datadas en marzo de 1821, lo que le llevó a decir que la capital —abandonada por el virrey La Serna el 6 de julio de ese año — todavía se encontraba «[…] unida con los mejores sentimientos a la Península», aunque se padecían las consecuencias del bloqueo marítimo de Cochrane y del avance de San Martín por tierra. Moscoso refería las negociaciones de Miraflores que, según su lectura, habían fracasado porque el disidente San Martín, llevando adelante sus propósitos de insurreccionar todo el país y de hacer que de grado o por fuerza se proclamase la independencia, no solo desechó aquella propuesta, sino las demás que se le hicieron de jurar la Constitución, elegir diputados a Cortes y enviar comisionados a la Península. Según Moscoso, su argumento era que no podía contradecir los principios adoptados por los gobiernos libres de América (Moscoso, 1872 [1822], p. 204). Asimismo, comentaba que se habían reunido en Lima y sus inmediaciones algunas tropas realistas llegadas de Arequipa y otras del ejército del Alto Perú que bastaban para combatir a las de San Martín; sin embargo, reconocía que lo que faltaba eran buques con que resistir a los de Cochrane que tenían bloqueado El Callao, dificultando la entrada de subsistencias en Lima y empeorando su situación (1872 [1822], p. 204). Un año y dos meses después de ocurrido, el golpe de Aznapuquio se expuso en las Cortes con un tono neutro con el que el ministro evitó pronunciarse sobre su legitimidad. Simplemente se limitaba a mencionar que el ejército y las provincias habían reconocido como su jefe a José de la Serna, que «[…] verificó una de las más atrevidas [medidas], cual fue el abandonar al enemigo la capital y retirarse a las sierras, dejando una respetable guarnición en el Callao». Además, manifestó con cautela el rumor afirmaba que «[…] se dice que por resultado de esta operación han sido batidas las tropas disidentes; mas careciéndose también de noticias oficiales sobre el particular, la prudencia aconseja no entregarse a tan agradables ilusiones» (1872[1822], p. 204). En medio de tanta convulsión y a pesar de la ocupación de la ciudad, la población de Lima —siempre según el secretario— preservaba su 92
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