contradicción con los lineamientos y las acciones que aparecen referidas en las memorias de los ministros de Ultramar. El núcleo de esta memoria, apoyado en la experiencia rioplatense de su autor, consistía en el reconocimiento forzoso de la independencia americana. Según afirmaba Cabrera de Nevares, «[…] uno de los principales motivos que deben impeler a nuestro gobierno a un inmediato reconocimiento es la consideración de que, si España no actúa de esa manera, hay otras naciones que están listas para hacerlo» (1821, p. 36). En consecuencia, otra línea de actuación que no fuera la independencia no conduciría sino al agotamiento de España y a dificultar la obtención de ventajas comerciales con las nacientes naciones, que era lo único a lo que se podía aspirar en esa circunstancia; solo cabía la posibilidad de reconocer la fatalidad lo antes posible para poder recomponer el vínculo con las antiguas posesiones sobre la plataforma más sólida del interés común plasmado en un fluido comercio transatlántico en el que la posición y los bienes de los mercaderes españoles se vieran protegidos e incluso antepuestos a los de otras naciones. Según Cabrera de Nevares, «esta misma utilidad y conveniencia recíproca es la garantía más firme de su duración» (1821, p. 56). En lugar de la sujeción política, la alternativa era tener en América «[…] aliados ricos y poderosos, corresponsales agradecidos, y huéspedes cariñosos»; con lo cual la nación española, luego de «[…] haber tenido la gloria de conquistar y civilizar un mundo entero, tendría también la de haberle dado la libertad y la independencia» (1821, p. 71). Esta posición extrema, que se desvinculaba de lo sostenido —al menos ante las Cortes— por Porcel, Gil de la Cuadra y, posteriormente, por la visión que ofrecería Moscoso de Altamira sobre el Perú, fue atenuada por el Comité de Ultramar de las Cortes que en un informe soslayó la cuestión de la independencia para proponer en su lugar el envío de nuevos comisionados. Tras un debate intenso, un decreto de las Cortes de 13 de febrero aprobó esta medida, aunque para el Perú nunca llegaron a designarse emisarios (Anna, 1986, pp. 303 y ss., 318 y ss.; Martínez Riaza, 2011). Cuando en marzo de 1822 el encargado de la Secretaría de Estado y del Despacho de la Gobernación de Ultramar, José María Moscoso de Altamira, presentó su memoria, la información que el gobierno tenía sobre el Perú era diferente, ya que en octubre de 1821 habían llegado a Madrid Antonio Seoane y el marqués de Valle Umbroso con el objetivo de 91
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