independencia y la tranquilidad del país. No obstante, el estado cercano a la postración con el que este secretario describía al ejército peninsular, adoptaba una visión bastante halagüeña de las tropas establecidas en el Perú pero aclarando que no disponía de datos actualizados por la dificultad de las comunicaciones transatlánticas. Un indicador de la gravedad de esta situación era el hecho de que cuando se leyó la memoria del secretario de Guerra del año 1821, debió remitirse a la información aportada por el marqués de las Amarillas en 1820 (Balanzat, 1871[1821], p. 402). Según este ministro, los últimos datos recibidos en la corte permitían afirmar que en el Perú había nueve batallones expedicionarios, dos de dragones, tres batallones y dos escuadrones de infantería veterana del país, varios cuerpos de milicias y un número indeterminado de compañías. Estas fuerzas se encontraban repartidas entre Lima, el Alto Perú y el cuerpo general de reserva de Arequipa, sumando en total 6200 efectivos. Aparentemente, su armamento estaba en buen estado aunque con algunos faltantes, mientras que el vestuario había alcanzado el término de su duración. Pese a la precisión del informe, el secretario no podía indicar cuál era la instrucción de esos cuerpos y su disciplina (Girón Las Casas, 1871[1820], pp. 149 y 156). Esta descripción que ofrece el gobierno por medio del secretario de Guerra resultaba muy positiva y contrastaba sensiblemente con la decadencia de la marina relatada por el secretario del ramo en julio de 1820, Juan Jabat. Según este ministro, la marina militar española se encontraba reducida al escaso número de diecisiete navíos de línea —de los cuales solo cuatro se hallaban armados—, quince fragatas, doce corbetas, una urca, diecisiete bergantines y varios buques menores. Aseveraba que para el Perú se había despachado uno de los cuatro navíos disponibles para que incrementase el potencial de los buques menores allí establecidos, aunque reconocía no saber la suerte corrida por esta embarcación. En consecuencia, recomendaba armar otros dos navíos para hacer frente a cualquier desgracia que pudiera aminorar la presencia militar en el Perú, tan necesaria por los sucesos de Chile y los ataques de Cochrane a Lima, que ya se conocían en la Península (1871[1820], p. 160). Fue a partir de 1821 cuando comenzó a ponerse claramente de manifiesto la disociación entre el gobierno central y sus representantes en el Perú, tanto por el desfasaje y la distorsión de la imagen que se tenía en Madrid respecto del estado del virreinato como por la desaparición de cualquier posibilidad de mantener el control o alcanzar la pacificación. 88
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