mayores pruebas de fidelidad y adhesión a la metrópoli. En Lima, incluso, se experimentaba una situación de calma en función de las diligentes y acertadas disposiciones que había tomado el virrey Pezuela. De manera sintomática con la desvinculación creciente entre Madrid y las posesiones de América del Sur, el secretario reconocía que se habían experimentado conmociones en Chile que guardaban vinculación con los sucesos de Buenos Aires, pero que no había «[…] fundamento todavía para mirar como ciertas las noticias que se han comunicado por diferentes conductos de haber sido depuesto y muerto el jefe disidente que mandaba en aquel reino» (Porcel, 1871[1820], pp. 56-57). Como se sabe, para ese momento Chile era independiente a todos los efectos, sin que volviese a existir posibilidad alguna de que la administración y las armas hispánicas recuperasen el control. A medida que se constató la insuficiencia del supuesto impulso reconciliador atribuido a las virtudes de la Constitución y fracasaron las misiones diplomáticas, los ministros de Guerra y Marina comenzaron a adquirir un papel cada vez más importante en la determinación de la política ultramarina del Trienio (Martínez Riaza, 2011, p. 677). Más allá de las circunstancias cambiantes que enfrentaron los sucesivos secretarios de estos ramos durante el segundo liberalismo, especialmente en lo que atañe al Perú, lo cierto es que todos debieron proceder desde una coyuntura extrema que coartó sensiblemente las posibilidades de acción del gobierno central en América y que en todas las memorias aparecía como el elemento determinante de la política colonial. Luego del enorme esfuerzo humano, militar y económico realizado durante la guerra de independencia, que dejó exhausta a la Real Hacienda, y la subsiguiente incapacidad del gobierno absolutista de restablecer el potencial del ejército y la marina, España era un país sin fuerzas militares, sin recursos económicos para renovarlas y, además, carente de la tecnología administrativa y la infraestructura para construir navíos y abastecer a los hombres (Girón Las Casas, 1871[1820], pp. 137 y ss.; Jabat, 1871[1820], pp. 160 y ss.). En esta línea, en su intervención de 1820 el marqués de las Amarillas describió con un tono sumamente pesimista el estado del ejército y pasó revista a las distintas alternativas que lo condujeron a esa situación, recalcando la necesidad de establecer una fuerza permanente, proporcionada a la población y a la riqueza del Estado, que pudiera ser sustentada en todos los aspectos y fuera capaz de asegurar la 87
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